Un trocito de Navidades en Tierras Altas

Oye, y ¿qué se supone que vais a hacer hoy? —preguntó Carmen de lo más interesada.

—He decidido acostarme con Ethan —anuncié controlando mi entusiasmo, al tiempo que sacaba unos pantalones de la mochila.

—Tía, estás loca —sentenció Clarita tirando del pijama que se le había quedado enganchado en la cremallera de la mochila.

—No sé, tía, a ver si la diferencia de edad va a ser un problema —soltó Carmen.

—Pero, ¡qué chorrada! —Le tiró Clarita un panchito que encontró en el suelo de la tienda—. La edad da lo mismo, o crees que los mayores de veinte tienen un gancho en la polla y mueres entre terribles sufrimientos si te los tiras.

—Anda, callaos las dos que parecéis bobas —contesté mientras ordenaba mis enseres dentro de aquella minúscula estancia.

—Pues he oído que pueden pasar cosas. —Cruzó Carmen los brazos totalmente ofendida para dejarnos claro que estaba cabreada.

—¿Cosas? —respondió Clarita—. ¿Qué cosas? Tener un orgasmo tan grande que se descoyunten las piernas.

No pudimos más que romper a reír. Cuando recuperé el aliento, dejé lo que estaba haciendo para poner más atención a las ocurrencias de mis amigas.

—Que no, idiotas, que lo digo en serio. —Volvió Carmen a la carga—. El otro día me contó Ana, la de segundo B, que hay veces que haces vacío. Oyó en la radio que una pareja lo estaba haciendo en su casa y se quedaron pegados. No había forma de separarlos. Estaban tan agobiados que al final llamaron a la ambulancia y tuvieron que llevarlos al hospital pegados para separarlos.

Yo tenía poca experiencia en el asunto, por no decir ninguna y la anécdota, a pesar de parecerme una estupidez, me hizo temblar de arriba abajo, ¿sería aquello posible?

—Déjate de idioteces; eso no puede pasar. —Le tiró Clarita la parte de arriba de su pijama—. Y si pasa, antes muerta que llamar a la ambulancia. Prefiero morir entre terribles sufrimientos que ver como el Samur me pilla en esas condiciones.

Volvimos a romper a reír sin poder remediarlo.

—¿Pero en serio creéis que es posible? —volví a preguntar con los ojos como platos.

—¿Por qué no? Estoy segura que eso puede hacer vacío sin problemas; a los perros les pasa. ¿En serio vas a correr riesgos de quedarte pegada a Ethan?

Me quedé callada con la cara blanca como la nieve.

—Anda, calla, que no decís más que tonterías —conseguí argumentar mientras me ponía uno de mis shorts favoritos.

—Mirad lo que tengo. —Saqué de la mochila un par de condones que había comprado en un dispensador en el baño de un bar.

Las chicas comenzaron a saltar y a gritar dentro de la tienda como si hubiesen visto una cucaracha.

—¡Estás loca! —gritó Clarita—. ¿Cómo has podido comprar…

De repente se abrió la cremallera y vimos la cabeza de Ethan entrar en el habitáculo.

—Señoritas.

—¡Ja, ja, ja! —Casi nos meamos de la risa con la ocurrencia.

Nos miró con cara de aquí pasa algo, pero no pronunció palabra.

—Anda, calla. —Le tiramos las almohadas a la cabeza para que saliese de la tienda y que no viese que tenía unos condones en la mano.

Antes de atravesar la abertura, giré la cabeza y les dije a las chicas: “si veis una llamada mía en el móvil, ni se os ocurra llamar al Samur”.

 

Aquí dejo el enlace por si te apetece conocer el desenlace:

 

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